La estética de la omisión

La estética de la omisión

“La Estética de la Omisión” fue una intervención urbana realizada por el lapso de tres días en la ciudad de Córdoba, Argentina, en Septiembre del año 1998.

Consistió en la ocupación masiva de todos los soportes publicitarios del Centro y las principales vías de acceso a la ciudad, con afiches casi absolutamente en blanco.

La intervención surgió como una contrapropuesta de Boneu a la invitación que le realizó el INSTITUTO DE COOPERACION IBEROAMERICANA para producir una muestra en sala sobre su serie de “Publicidad de Ficción”.

NADA QUE VER

 

Reciente ensayo de Pablo Boneu parece una broma de mal gusto. Pero su Estética de la Omisión no es una broma, ni un intento de convulsionar el ambiente artístico al modo más recalcitrantemente dadá. La obra (¿una obra?) consistió en una serie de afiches en blanco que promocionaban una muestra en lo que lo único que se mostraba eran esos mismos afiches. Es probable que quienes el pasado miércoles concurrieron a la inauguración de la muestra en el Centro Cultural España-Córdoba se hayan sentido desconcertados por el hecho de que habían sido invitados a una exposición inexistente. La muestra devolvía, como en un juego de espejos, a la calle, a los afiches pegados en los espacios reservados para la publicidad en la vía pública.

No se trata de una broma. Lejos de toda paradoja, la última aparición de Boneu entabla un duelo desigual con el mundo de las apariencias. Si se concibe –de una manera un tanto épica- ala ciudad como territorio de batallas visuales, es posible pensar los afiches del artista como una estrategia de repliegue. Insertada en un ámbito abrumado por imágenes, la obra se ilumina por contraste. Es decir, se hace visible por el hecho de que no muestra nada.

 

Intoxicación visual

 

Aproximándose al grado cero del simulacro, sustrayendo al espectador toda forma de representación, los afiches solicitan la atención de un modo extraño. Los cuadrados blancos valen en este sentido como una superficie de absorción de la mirada, o como una trampa que apresa el ojo para despedirlo inmediatamente. Podría pensarse en una traducción urbana de la función que en el  paisaje tienen los monolitos: objetos que se niegan a si mismos todo contenido para indicar y resaltar el entorna.

Los afiches de Boneu son el estadio final de una serie de trabajos iniciados bajo el emblema de “Publicidades de Ficción”. Rozando quizás el ámbito de reflexión abierto por el situasionismo (que en 1967, con la publicación de la Sociedad del espectáculo del pensador francés, Guy Debord, tuvo un momento de lucidez sin precedentes en el análisis de las redes de organización y control de la visión humana), la culminación de esta serie parece optar por una de las salidas más radicales. La salida consiste en abandonar, frente al grado de intoxicación visual que caracteriza a nuestras sociedades, toda apuesta por un arte que agregue una imagen más al río de imágenes en circulación.

El universo pop (con que la obra de Boneu tiene algún punto de contacto) fue un momento de cierto destello crítico que captó el carácter esencialmente espectacular del mundo contemporáneo. Pero al mismo tiempo, el cinismo de un Andy Warhol llevó hasta sus últimas consecuencias una forma de tratamiento cosmético de la realidad que era reproducido en las obras.

En cambio, para Boneu se trata ahora de abrir un espacio visual en el que no hay nada para ver. Esto es lo desconcertante, y no el hecho de una muestra que no llega a cumplirse. El efecto equivale a la extrañeza que producen las pantallas (televisores, computadoras…) apagadas. Sus afiches blancos funcionan como un punto ciego que pretende succionarun flujo interminable. Una batalla perdida, por cierto: no hay virus que pueda contagiar el reino de lo absolutamente visible.

 

Demián Orosz / Critica  /  La Voz del Interior, Suplemento de Artes, 2 de Septiembre de 1998