La mirada secreta

La mirada secreta

¿Podemos inferir una imagen sólo a partir del análisis de la representación gráfica del movimiento ocular de una persona?

¿Es posible que varias imágenes, aún siendo intrínsecamente diferentes, pueden arrojar el mismo patrón de comportamiento visual?

¿Existen equivalencias en el recorrido de la mirada cuando vemos una escena pornográfica, un retrato familiar o una nube?

Según las más recientes investigaciones sobre la fisiología de la imagen, podemos concluir que lo que vemos, a priori, no es un relevamiento de la realidad, es más bien una proyección de nuestras expectativas y “pre”juicios. Si acordamos en esto, podemos inferir que aquello que vemos es, de alguna manera, producto de nuestra imaginación; es decir, en última instancia, un sueño. Si cuando acordamos en esto, la pregunta que no podemos eludir es: ¿como es posible que todos estemos soñando el mismo sueño?

“Parecería natural pensar que los receptores detectan la luz que llega a la retina de nuestros ojos y la transforman en señales que corren hacia el interior de nuestro cerebro, donde grupos de neuronas procesan la información de forma cada vez más compleja, hasta interpretarla e identificar los objetos. Hay neuronas que reconocen líneas que separan colores, otras neuronas reconocen formas dibujadas por estas líneas, otras comparan estas formas con datos de nuestra memoria… otras llegan a reconocer algo: es un gato. Pero no. El cerebro no funciona así. Funciona al contrario. La mayoría de las señales no viajan de los ojos al cerebro, viajan en dirección opuesta, del cerebro a los ojos. Lo que ocurre es que el cerebro espera ver algo, basándose en lo que ha sucedido antes y en lo que sabe. Elabora una imagen de lo que prevé que tienen que ver los ojos. Esta información se envía del cerebro a los ojos, a través de etapas intermedias. Si se encuentra una discrepancia entre lo que el cerebro se espera y la luz que llega a los ojos, solo en este caso los circuitos neuronales envían señales al cerebro. Es decir, la imagen del ambiente observado no viaja de los ojos hacia el cerebro, sino solo la noticia de eventuales discrepancias con respecto a lo que el cerebro se espera. 

Las implicaciones conceptuales sobre la relación entre lo que vemos y el mundo, sin embargo, son notables. Cuando miramos alrededor no estamos realmente «observando», estamos, más bien, soñando una imagen del mundo basada en lo que sabíamos (incuidos prejuicios erróneos), de modo inconsciente, examinamos cualquier discrepancia y, cuando es necesario, intentamos corregirla.

En otras palabras, lo que vemos no es una reproducción del exterior. Es lo que nos esperamos corregido por lo que conseguimos captar. Los datos relevantes no son los que confirman lo que ya sabíamos, sino los que contradicen nuestras expectativas.

A veces es un detalle: el gato ha movido una oreja. A veces es algo que nos alerta para pasar a otra hipótesis: ¡Ah! ¡No era un gato, era un tigre! A veces es una escena completamente nueva a la que, de todos modos, intentamos darle sentido imaginando una versión que tenga sentido para nosotros. 

Tratamos de dar sentido a lo que llega a nuestras pupilas buscando en lo que ya sabemos.